martes 22 de diciembre de 2009

El ADELANTO X(X): LOS PECES NO PUEDEN VALORAR A MAPPLETHORPE



La vanguardia literaria y artística se beneficia, desde finales del siglo XIX, de un prejuicio favorable basado en el recuerdo de los «errores» de percepción y de valoración de los críticos y de los públicos del pasado. El fracaso siempre puede buscar algún tipo de justificación en las instituciones […] como la noción de «artista maldito» que confiere una existencia reconocida al desfase real o presumible entre el éxito temporal y el valor artístico; y más extensamente, el hecho de que los agentes o las instancias que son designadas para juzgar y consagrar estén a su vez luchando por la consagración, por lo tanto sean relativizables y discutibles, proporciona un apoyo objetivo a la labor de la mala fe gracias a cual los pintores sin clientela o los escritores sin publicaciones y sin público pueden ocultarse su fracaso jugando con la ambigüedad de los criterios del éxito que permite confundir el fracaso electivo y provisional del «artista maldito» con el fracaso a secas del «fracasado». 

Bourdieu, Pierre, «El punto de vista del autor. Algunas propiedades generales de los campos de producción cultural», Las reglas del arte, Madrid, Anagrama, 1995.

Los peces no pueden valorar a R. Mapplethorpe
Por PILAR SÁNCHEZ GÓMEZ
Hoy en un seminario, hablábamos sobre la mitología que existe en torno a la figura del creador como ser paratópico, como entidad que se mueve permanentemente en los márgenes del sistema normativo: el clásico enfant terrible. Lo que planteábamos es cómo dicha imagen se ha convertido, paradójicamente, en el mecanismo utilizado por muchos artistas para promocionarse y terminar engrosando las filas del más puro stablishment. No voy a entrar ahora a analizar los motivos por el que esto se produce, pues para eso ya tenemos al magnífico Pierre Bourdieu (Las reglas del arte). El caso es que a propósito del tema se nos presentaba una imagen del fotógrafo R. Mapplethorpe, donde éste se retrataba a sí mismo como el pervertido homosexual más malo de la comarca; la viva imagen de lo paratópico. Este autorretrato suscitaba un debate no sobre los mecanismos del mercado, sino sobre el hartazgo provocado por los artistas homosexuales con sus continuas referencias sexuales. Para mis compañeros, la genitalidad y las parafilias de Catherine OpieRisk HazekampÁlex Francés o Erwin Olaf son un medio de provocación, un recurso fácil para añadir ceros a la cuenta bancaria. Por desgracia yo no opino lo mismo. Muchas de estas mujeres y hombres produjeron sus trabajos en un momento en que la sociedad los demonizaba o, lo que es peor, los invisibilizaba. Estaban cansados de ver por prensa y televisión imágenes de homosexuales muriéndose de sida, de aparecer permanentemente envueltos del ambiente de depravación de los cuartos oscuros. Quizás su sexualidad y su deseo no fuesen normativos, pero ello no quería decir que no fuesen válidos, así que trataron de mostrárselos al mundo revestidos de esa perfección formal que tan bien supo retratar Mapplethorpe. No era una estrategia de marketing, era un manifiesto político. El problema es que estas prácticas artísticas se observan ahora desde una óptica retrospectiva, en la que todo parece superado. Parece que nos hemos olvidado de que en España, sin ir más lejos, la visibilidad homo es un invento reciente de los partidos de izquierda (les recuerdo que antes de ayer, cuando Freddy Mercury murió, en España no teníamos ni idea de lo que era el sida). Así que, por favor, compañeros y compañeras del siglo XXI despertemos de la amnesia ideológico-cultural y no nos hagamos los superados. «Recuérdalo tú y recuérdalo a otros» decían unos versos del poeta Luis Cernuda (muy al caso, por cierto)
Por PILAR SÁNCHEZ GÓMEZ
publicado en El Adelanto, 18/ 12/ 2009

lunes 21 de diciembre de 2009

IN (THROUGH) MIRROW

Cristina Martín (violín), Shirin (teclados), Nacho (guitarra) y Sohell (voz)


Teresa Martín, Glory Box 



PilartPartI 



PilartpartII


                                        
                                    

martes 15 de diciembre de 2009

RECITAL ULTRAPOÉTICO: IN (THROUGH) THE MIRROW



Recital ultra-poético
presenta:


IN (THROUGH) THE MIRROR
Poesía sin


"La mujer perfecta incurre en la literatura de la misma manera que incurre en un pecado pequeño: por probar, de pasada, mirando alrededor por si alguien lo nota y para que alguien lo note."

Nietzsche


Actúan:
Cristina Martín
Pilar Sánchez
Shirin Azarnoush
Sofía Elena Ibarra
Teresa Martín


Jueves 17 de diciembre
10.30 P.M.
Bar El Savor (c/ San Justo 28)
Salamanca, ESPAÑA

lunes 14 de diciembre de 2009

EL ADELANTO IX: GASTÉ EL FEMINISMO DE TANTO USARLO


Entice me splice me map my ABANDONED genome as your project
Artificially involve me
I wanna live forever
Upload me in your shiny shiny PVC future
SUCK MY CODE




Tracey Emin, Self Portrait 


lunes 7 de diciembre de 2009

EL ADELANTO VIII: QUIERO SER LA DEXTER MORGAN DEL ARTE CONTEMPORÁNEO


(publicado en El Adelanto, viernes 4 diciembre, 2009)
(Pinchar encima para ampliar)

                                 

jueves 3 de diciembre de 2009

EN OCASIONES VEO CUADROS

Erwin Olaf, de la serie "Fashion Victims", 2000 


Erwin Olaf, de la  serie "Chessmen", 1987


Erwin Olaf, de la serie "Netherlands", 2007 


Erwin Olaf, Classroom, de la serie "Hope", 200

Son raras las ocasiones en las que hago comentarios políticos fuertes.

Prefiero que mi arma sea el humor irónico.

Erwin Olaf

 Según el teórico francés Jean - François Chevrier, la relación dialéctico - opositiva entre formalismo moderno y fotografía escenificada que aparece en la posmodernidad es una visión reduccionista promovida por teóricos del arte norteamericanos, para establecer su hegemonía en este terreno. Pero además de esta visión anglocentrista, continúa Chevrier, existe otro problema añadido: todas las prácticas posmodernas que para Douglas Crimp o A. D. Coleman constituyen una alternativa a la modernidad fotográfica o Straight photography, están vinculadas a los «usos de la fotografía» antes que a la fotografía en sí; o, para utilizar la terminología propuesta por Douglas Fogle, están materializadas por «artistas que utilizan la fotografía» antes que por «fotógrafos»[1]. Al llegar a este punto del discurso, el teórico francés afirma que la diferenciación de Fogle resulta ya inoperante, dado que es posible encontrar en la posmodernidad verdaderos «fotógrafos» que constituyan una alternativa a la modernidad fotográfica sin recurrir a la «puesta en escena» u otros usos de la fotografía:

 

se está desvaneciendo —afirma el teórico francés— la distinción vigente en los sesenta y setenta entre fotógrafos y artistas que utilizaban la fotografía. Conocemos hoy a artistas que han elegido la fotografía conscientes de sus posibilidades y sin sucumbir a la falsa ingenuidad o a un alarde superficial de habilidades técnicas o críticas[2].

Para referirse a esta nueva tendencia Chevrier utiliza el término de objetividad, aunque de un modo extremadamente cauteloso para no inducir a la confusión entre esta objetividad posmoderna y aquella otra que apareció en la Alemania de 1920 —Renger-Patzsch, August Sander…— . Los artistas vinculados a esta tendencia no parten de la ficción como referente, sino de la realidad. En este sentido, sus procedimientos resultan análogos a los del fotoperiodismo o la Straight photography, aunque a diferencia de éstos ellos son conscientes de que toda representación implica una ficción, no un registro objetivo; en definitiva, y en este punto Chevrier utiliza a Baudrillard como referente, que toda factualidad es artificio. La escenificación de puesta en escena deviene  así, una redundancia absurda.

El hecho de que la representación fotográfica no suponga ya la presentación de una realidad dada, no implica, sin embargo, que esa misma representación no tenga entidad en sí misma. Sí la tiene y es precisamente su condición de representación, de imagen: lo que Chevrier denomina «imagen  como cuadro». Ahí reside su objetividad y su carácter de singularidad. Esta dimensión objetiva de la imagen – cuadro no es exclusiva de la fotografía ni ha sido inaugurada por ella; al contrario, toma la pintura como referente en su condición de imagen = cuadro. De ahí que Chevrier afirme lo siguiente:


la imagen ya no es mera huella de una experiencia vivida, un recuerdo, sino una nueva realidad objetiva: la realidad de la imagen como cuadro. En suma, el hecho fotográfico toma como modelo la imagen como cuadro, del mismo modo que la representación es modelada por la presentación[3].

En definitiva, al focalizar la atención sobre algo tan inherente a la fotografía como es su propia condición de artefacto representativo, Chevrier constató que no se producía la famosa reflexión autorreferente de la Straight photography, sino que la pintura se convertía en el nuevo referente fotográfico —de ahí que esta objetividad fotográfica también reciba el denominativo de neopictorialismo—. La fotografía posmoderna de «puesta en escena», podríamos concluir, estaba equivocada cuando pensó que relegando la fotografía a un segundo plano, retornaría a un pictorialismo premoderno capaz de poner en crisis el paradigma formalista de la modernidad.

Si he llegado hasta este punto es porque considero que algunos de los primeros trabajos del holandés Erwin Olaf, incluido en la retrospectiva Darts of Pleasure que el  DA2 de Salamanca le ha dedicado, no pueden entenderse al margen de los parámetros de esa objetividad fotográfica establecida por Chevrier. Nos referimos, en primer lugar, a «Chessmen» (1987-1988). A la hora de crear esta serie Olaf parte de una obsesión personal, su propia sexualidad —«Cuando era más joven, tuve problemas con mi sexualidad y eso se reflejó en series como Squares y Chessmen»[4]—, pero crea imágenes – cuadro que van más allá de la mera traducción formal de una experiencia subjetiva. Las piezas no pertenecen a la estricta categoría de fotografías de «puesta en escena», sin embargo, sus composiciones están perfectamente calculadas y medidas al milímetro. No es un formalista al uso ni se recrea únicamente en los recursos técnicos que le ofrece el medio fotográfico, pero las texturas están inmejorablemente conseguidas y las formas aparecen perfectamente delimitadas mediante el dominio de la luz y la variación de la escala de grises. No remite a modelos específicos de la Historia del Arte —al menos en esta serie—, aunque sus imágenes presentan ese aura de totalidad icónica que sólo los grandes maestros de la pintura confieren a sus obras.

Esta serie, en suma, parece encajar a la perfección en la descripción que Chevrier hizo del trabajo de todos aquellos artistas que él consideraba paradigmas de esa nueva objetividad fotográfica —John Coplans, Bill Henson, Craigie Horsfield y Suzanne Lafont— :

 

Al igual que Jeff Wall, el resto de artistas que hemos reunido aquí saben que la belleza que tratan de producir no es fruto de un descubrimiento milagroso, sino que debe ser construida y elaborada, concretamente, según un procedimiento preciso y específico (que evitan poner en exceso). Estos artistas son constructores, no experimentadores ni poetas. Trabajan con parámetros existentes para crear su sintaxis, sin hacer de ello el objeto de su obra. Como condición previa han descartado la espontaneidad y el lirismo y han preferido arriesgarse a cierta rigidez que, como subrayó Jeff Wall, está relacionada con el carácter mecánico del registro. No cuesta imaginar una reacción que le reprochara una gravedad excesiva […] una predilección mórbida por las formas y espacios deshumanizados y congelados, un pathos de ausencia, vacío y muerte que engendra su propia fascinación[5].

Este último aspecto apuntado por Chevrier es esencial para entender otro de los aspectos de la serie que ahora comentamos. Los protagonistas de Chessmen son freaks, personajes marginales portadores de máscaras que aparecen entregados al ejercicio de diversas parafilias. La referencia temática obvia es Joel-Peter Witkin, pero nuestra sensación dista mucho de la inquietud y la curiosidad mórbida que despiertan los personajes de éste último. Los protagonistas de Chessmen suscitan, al contrario, una fascinación distanciada, una predilección mórbida por sus formas y espacios deshumanizados y congelados, tal como señalaba Chevrier, no un vínculo empático con los seres allí representados o un afán por descubrir sus identidades o condiciones sociales. Ello constituye, de nuevo, una prueba inequívoca de la aprehensión de las piezas como imágenes – cuadro, antes que como representaciones referentes de esa extraña realidad a la que remiten. A esta suerte de asepsia perceptiva contribuye, además, la disposición de las piezas presente en su génesis constitutiva a la que Chevrier también presta atención:


Estas imágenes no son simples copias fotográficas […]. Han sido concebidas y producidas para la pared, reclaman una experiencia de confrontación con un espectador que se opone radicalmente a los hábitos de apropiación y de proyección según los cuales se reciben y consumen normalmente las imágenes fotográficas. La restauración de la forma del cuadro […] tiene como primera finalidad volver a encontrar esa distancia de la imagen-objeto constitutiva de la experiencia de confrontación, pero sin que ello implique nostalgia alguna de la pintura, ni voluntad propiamente reaccionaria.[6]

La perspectiva de Chevrier constituye también la clave para comprender el juego inducido por el título de la serie. El espectador se muestra incapaz de identificar cada una de las imágenes con las 32 piezas de ajedrez que supuestamente representan. Pero el quid no está en tratar de buscar los referentes, puesto que como ya hemos dicho las fotografías no incitan a ello, sino en considerar las imágenes como los objetos que son: no la representación de la pieza o la escenificación de la misma, sino la pieza en sí. Después de todo lo señalado, resultan casi lógicas las siguientes declaraciones del artista donde éste señala que pese a no practicar el ejercicio de la pintura, no se considera en absoluto un pintor fracasado. Al fin y al cabo él también realiza cuadros: «No me considero un pintor frustrado, aunque admiro sinceramente la profesión de la pintura. No tengo la paciencia necesaria para pintar, la fotografía se corresponde mucho más con mi carácter»[7].

En su siguiente serie, «Squares» (1984 – 1993), Olaf mantiene la línea de su trabajo anterior. Las referencias homo eróticas se mantienen, pero no precipitan en lo marginal, sino en una fascinación por el cuerpo masculino equivalente a la de un fotógrafo como Mapplethorpe. La monumentalidad y las formas perfectamente delimitadas de estas anatomías se prestan especialmente para seguir manteniendo ese carácter de imagen - cuadro que presentaban sus anteriores fotografías.

El cambio se produce en el año 2000 con «Royal Blood» cuando Olaf introduce el color al tiempo que es seducido por las posibilidades que le ofrece el universo de lo digital. La serie muestra un conjunto de retratos de personajes vinculados a la realeza que tienen en la violencia física su denominador común: todas han sufrido muertes violentas — María Antonieta, Sissi emperatriz o Diana de Gales— o han sido víctimas indirectas de una —Jaqueline Kennedy—.Todas las protagonistas presentan una apariencia prístina —tonos platino en el pelo, peinados perfectos, adornos de perlas y oro blanco, indumentarias inmaculadas…—, potenciada por la uniformidad nacarada del PhotoShop y la fuerte presión luminosa sobre los volúmenes. Pero esta frialdad cadavérica se ve enturbiada por el violento sello de heridas reales, en el doble sentido que este término también posee en español: la sangre real de las representadas se ha conseguido montando digitalmente imágenes reales de carnicería. Olaf opera así de un modo análogo al que ha sido ampliamente explotado por  Kubrick en La naranja mecánica o  El resplandor[8]: la geometría y perfección volumétrica de la arquitectura racionalista,  se convierte en el escenario de la violencia más atroz.

Al margen de las asociaciones, nos interesa que esta introducción del color y lo digital introduce un cambio en la concepción de las fotografías: se abandona, o se matiza al menos, esa condición de imagen – cuadro presente en trabajos anteriores, para componer fotografías más pictorialistas en el sentido más referencial del término. Es decir, la relación con la pintura opera más al nivel de la mímesis iconográfico - compositiva que al de su condición de totalidad representativa, de imagen – objeto. Estos retratos, en efecto, remiten a formatos, iconografías y métodos de composición idénticos a los utilizados por los pintores de corte del siglo XVI. Ello se debe precisamente, y aunque a primera vista pueda resultar paradójico, a su uso del photoshop que proporciona al artista herramientas idénticas a las del pintor gracias a su sistema de capas. El fotógrafo no se ve ya en la necesidad de trabajar conceptualmente dentro de los parámetros de lo representativo. Es, en cierto sentido, un procedimiento inverso al de Richter: éste pintaba a partir de fotografías para completarlas en su exceso real, para construir imágenes - cuadro en el sentido de Chevrier[9]; Erwin Olaf pinta con fotografías para crear no imágenes – cuadro, sino cuadros sin más. A este respecto afirma Olaf: «Sólo tras la introducción del photoshop empecé a trabajar en color con pasión porque a partir de ese momento podría manera los colores como un pintor. Desde entonces me fijo más y más en los cuadros para aprender y obtener inspiración para mi trabajo como fotógrafo.»[10]

Algo semejante ocurre en la serie «Grief Portraits» (2007) o «Falls» (2008) donde algunos de los retratados —Félix, por ejemplo, de la serie «Falls»—, se presentan bajo un prisma idéntico al que la Historia del Arte utilizó para representar a San Sebastián.

Todos los elementos tímidamente introducidos en «Royal Blood» alcanzan su clímax en la serie que la secunda: «Paradise, the club» (2001). Las referencias a la pintura renacentista del XVI han sido sustituidas por el esplendor barroco de Rubens —Lapitas y centauros—; las composiciones simples de corte académico han devenido dinámicas y abigarradas, para incluir a ese sinfín de seres introducidos digitalmente que pueblan la bacanal posmoderna de, por ejemplo, Dressingroom. El Barroco, en definitiva, al servicio del PhotoShop se convierte en Neobarroco[11] .

Como todos sabemos, después de la tormenta siempre llega la calma y todo clímax va sucedido de su consecuente periodo refractario; esto es precisamente lo que ocurre en el trabajo de Erwin Olaf. En sus últimas series fotográficas —las fantásticas «Hope» (2005) y «Grief» (2007)—, el artista aboga por una fotografía de «puesta en escena» próxima a los primeros trabajos de artistas como Cindy ShermanUntitled Film Stills, 1976—. Pero la referencia a Sherman no opera solo en el sentido de la escenificación, sino además en el carácter cinematográfico que presentan los últimos trabajos del artista holandés. Olaf imprime a estas imágenes un alto grado de condensación narrativa, de temporalidad suspendida, de tensión dramática no desarrollada que las equipara a los fotogramas de una película cuya narración es imposible reconstruir. Pese a ello todas las imágenes nos hablan de incomunicación, soledad, abatimiento…Su trabajo, en suma, se despoja del frenetismo anterior para volverse más introspectivo —en una línea próxima a Edward Hopper o Norman Rockwell— en concordancia con su temperamento actual:

 

A medida que cumplo años, me voy dando cuenta más y  más de que todos nacemos solos y de que todos desaparecemos solos. Es posible que ello se plasme en series como «Separation», «Rain», «Hope» y «Grief» Por supuesto, me he vuelto más serio o melancólico cuando mayor soy, la vida es así […] cada vez me gusta más llevar una vida más introspectiva[12].

 

Para terminar es importante señalar que además de sus trabajos artísticos, Olaf  ha practicado un tipo de  fotografía publicitaria y comercial representada en esta retrospectiva a través de series como «Mature» (1998) o «Fashion Victims» (2000). En ellas el artista holandés logró materializar ese tipo de fotografía capaz de poner en crisis las tradicionales categorías burguesas en que hasta la modernidad se habían movido las prácticas artísticas; aquella que Chevrier, una vez más, clasificó «entre las bellas artes y los medios de comunicación».[13]

Además de contribuir a dicha ruptura, las series comerciales de Olaf presentan un plus de innovación en otro sentido: atentan crítica e irónicamente contra las mismas instituciones de la publicidad y la moda que las financian. En Mature, por ejemplo, se nos muestra mujeres de avanzada edad vestidas con trajes minúsculos y posando como pin – ups. Todo un atentado contra un mundo que desecha a sus modelos en función de sus parámetros de eterna juventud y culto al cuerpo. En Fashion Victims, al contrario, encontramos a mujeres y hombres con anatomías esculturales, pero con el inquietante detalle de bolsas comerciales cubriendo sus cabezas. Modelos perfectos que, con su identidad negada, son únicamente cuerpo para las marcas que representan.

Al igual que ocurre con los institucionalizados artistas anti – sistema, el posicionamiento crítico de Olaf puede resultar contradictorio a algunos. Será que ellos no lo son, o quizás, es que no saben aún que a veces es necesario morder la mano que nos da de comer, para que sepa que aún seguimos ahí.

[1] FOGLE, D., «The Last Picture Show», en: VV. AA., The Last Picture Show. Artistas que usan la fotografía. Tendencias conceptuales de 1960 a 1982, Vigo, Museo de arte contemporáneo de Vigo, MARCO, mayo-septiembre de 2004.

[2] CHEVRIER, Jean - François / LINGWOOD, James, «Otra objetividad», en: RIBALTA, Jorge, Efecto real. Debates posmodernos sobre la fotografía, Barcelona, Gustavo Gili, 2004, p. 264.

[3] CHEVRIER, Jean - François / LINGWOOD, James, «Otra objetividad», en: RIBALTA, Jorge, Efecto real. Debates posmodernos sobre la fotografía, op. cit., p. 271.

[4] PANERA, F. Javier, «El terror de los signos inciertos. Entrevista con Erwin Olaf» Salamanca, Fundación Salamanca Ciudad de Cultura, 2009, p.  20.

[5] CHEVRIER, Jean - François / LINGWOOD, James, «Otra objetividad», en: RIBALTA, Jorge, Efecto real. Debates posmodernos sobre la fotografía, op. cit., p. 272.

[6] CHEVRIER, Jean – François, «Las aventuras de la forma del cuadro en la historia de la fotografía», La fotografía entre las bellas artes y los medios de comunicación, Barcelona, Gustavo Gili, 2007, p. 156.

[7] PANERA, F. Javier, «El terror de los signos inciertos. Entrevista con Erwin Olaf», art. cit., p. 18.

[8] A este respecto declara el artista: «Aunque resulte curioso, cuanto más mayor soy, más me inspiran las películas que vi en la época en que acababa de empezar a vivir solo […] El cine de los sesenta / setenta y de principios de los ochenta puede conmoverme profundamente, por la asombrosa cantidad de detalles como en A Clockwork Orange de Kubrick por su mirada estética sobre la violencia y la sexualidad.» PANERA, F. Javier, «El terror de los signos inciertos. Entrevista con Erwin Olaf», art. cit., p. 19.

[9] Afirmaba el pintor Gerard Richter: «[Mis obras] no tenían estilo, composición, ni criterio; me liberaba de mis vivencias personales, por primera vez no tenía nada, era pura imagen. Por eso quería tener la foto, mostrarla, no quería utilizarla como un medio para la  pintura, sino que deseaba emplear la pintura como medio para la fotografía […] Yo no trato, claro está, de imitar una foto, yo quiero hacer una foto.» Declaraciones recogidas en: HERNÁNDEZ SÁNCHEZ, Domingo, « Pintura de apariencias. Gerard Richter y las imágenes incompletas», en: VV. AA., Imágenes incompletas. Materiales de arte y estética I, Salamanca, Luso- Española de Ediciones, 2005, p. 85.

[10] PANERA, F. Javier, «El terror de los signos inciertos. Entrevista con Erwin Olaf», art. cit., p. 18.

[11] De hecho, algunas de las piezas de esta serie fueron incluidas en la exposición Barrocos y  Neobarrocos que tuvo lugar en el DA2 en el año 2005.

[12] PANERA, F. Javier, Ibíd., p. 20.  

[13] CHEVRIER, Jean – François, La fotografía entre las bellas artes y los medios de comunicación, op. cit.


(Texto también disponible en Arte10. Sección monográficos

viernes 27 de noviembre de 2009

ADELANTO VII: LOS ESCLAVOS DEL ARTE CONTEMPORÁNEO SÓLO PRODUCEN CIRCO


Nosotras no podemos tener orgullo, 
tenemos que comer mierda porque si no, nos hundimos
Madre Coraje, Bertold Brecht

Daniela Rosell, de la serie "Ricas y famosas"
[Para Sofía, porque esta imagen forma parte de su "mapa biográfico sobre mis recuerdos"]   


(pinchar encima para ampliar) 

jueves 19 de noviembre de 2009

REDES DE ARTE 2009 DOMUS ARTIUM, SALAMANCA

INTERVENCIÓN EN EL ENCUENTRO "REDES DE ARTE" CELEBRADO EN SALAMANCA EL 14 DE NOVIEMBRE DEL 2009 EN EL CENTRO DE ARTE CONTEMPORÁNEO DE SALAMANCA, DOMUS ARTIUM 2002.





Presentación a cargo de Javier Panera



Intervención 

miércoles 18 de noviembre de 2009

EL ADELANTO VI: POSA PARA LA CÁMARA, CINDY, EL MILICIANO NO MURIÓ


Entrad, pues aquí también hay dioses 

Nathan, Gotthold Ephraim Lessing 

Sam Taylor Wood, Untitled (Selfportrait), 2007



(pinchar encima para ampliar)

lunes 9 de noviembre de 2009

EL ADELANTO V: EROS ES MÁS

Los enemigos de la semiótica textual no saben distinguir los dos géneros discursivos de la semiótica textual y de la crítica textual semiótica orientada. Y, al no hacerlo, pierden el sentido del tercer tipo de crítica de que hablaba, la única que puede ayudar a entender el modo en que un texto se manifiesta.

Umberto Eco 



James White, Untitled, 2007 



El Adelanto 6/11/2009, 
(pinchar encima para ampliar texto)