domingo, 10 de mayo de 2009

LA SOLEDAD DEL HUEVO FRITO NO ES EQUIPARABLE A LA DEL TEÓRICO DE ARTE

[SOBRE TODO SI ES CORREDOR DE FONDO]

Dora García, Poster #5, fotografía intervenida, 2007

Vengamos a lo particular de la poética, acerca de quien se dice
que nunca Ennio entró a cantar las batallas ayuno,
y que las musas huelen a vino luego de mañana;
así lo dice Horacio
Alonso Pinciano

En el artículo «Visitar la prehistoria», Javier Marías comienza con un estado de la cuestión acerca de la situación instructiva que presentan los artistas, escritores o cineastas contemporáneos y que no es otra que la más absoluta ignorancia de todos ellos con respecto a la historia del medio en que trabajan. Haciendo uso de esa tendencia apocalíptica de la que tanto gustan los columnistas, afirma Marías que con el tiempo esta situación ha sufrido un paulatino proceso de agravamiento. No es ya que no se conozca a W. Ruttmann o Hans Richter, es que no se conoce ni a Tarantino. Sorprendentemente, según Marías las causas de ello residen en la inversión económica y temporal que requiere la compra o descarga de estas películas. Sólo al final, y de soslayo, introduce un y estar informado de su existencia que a mi juicio constituye la única razón de peso para justificar la incultura fílmica anterior. Pinchar el recuadro donwload o pasar la tarde en Fnac no parece requerir un esfuerzo titánico, la verdad. Otra cosa es el conocimiento no precisamente infuso —aunque aquí están Marías y Reverte para adoctrinarnos con sus referencias fílmicas citando a Mankiewicz, El fantasma y la señora Muir—. Esta situación de orfandad cultural de los creadores actuales, ha convertido el divino furor platónico y el mito de la originalidad —cuánto daño hizo el Romanticismo— en principios creativos de candente actualidad. Dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene invertir esfuerzo formándose cuando se cuenta con la inspiración y el talento innato? A raíz de ello, afirma Marías, nos encontramos con hornadas de creadores condenados al anodismo creativo y la repetición permanente: « Cada vez hay más que desean escribir o hacer cine, y nadie les ha enseñado que cualquier artista, para su formación, puede prescindir de lo último, pero no justamente de lo que lo ha precedido, porque si lo desconoce está condenado a repetirlo sin saber que lo repite, y a convertirse por tanto en un mero epígono.» En conclusión, sólo con una sólida base formativa contribuiremos al establecimiento de aquellas prácticas contemporáneas no sólo al autor, sino al medio mismo.
En su artículo Marías parece centrarse únicamente en los aspectos técnicos y formales de la instrucción artística, pero ser creador implica algo más que recorrer el Louvre, verse la filmografía completa de Fassbinder o leer a Proust y Barnes —aspectos sin duda también imprescindibles—; conlleva también una formación teórica de carácter intelectual. Dicho a modo de ejemplo, Barnett Newman o T. S. Eliot nunca hubieran llegado a obras de la trascendencia artística y cultural de Vir Heroicus Sublimis o The Waste Land sin haber leído a Longino o Russel respectivamente. Pero si ya no resultaba difícil encontrarnos con artistas competentes en el primer ámbito formativo, no digamos en éste último. Éste es, en efecto, uno de los grandes problemas que presenta el panorama artístico contemporáneo. A este respecto señalaba José Luís Brea, importante:


Una formación como la que tenemos en nuestro país, orientada a hacer del artista un mero productor eficaz, resulta insuficiente: nuestros artistas van a seguir careciendo de la capacidad de actuar como críticos culturales, siempre que su formación no les proporcione ni los conocimientos ni las competencias […] a través de cuya adquisición desarrollarían la capacidad de abordar el análisis de los procesos de transferencia de imaginario con solvencia y rigor sostenible. Pero esto es un error que acaba dejando en manos de una formación no regulada lo que hoy por hoy es más importante. Carentes de ello, no es ya que nuestros artistas hagan el ridículo cuando intentan explicar su trabajo, es que su propia obra es incapaz de vehicular esas cualidades analíticas que harían de ella una herramienta adecuada para actuar reflexiva y críticamente.

Pero no queremos nosotros tampoco ponernos apocalípticos. Que no abunden este tipo de artistas, no significa que no existan; ahí tenemos a Jeff Wall, Martha Rosler o Allan Sekulla con unos trabajos fundamentados en increíbles soportes teóricos que, sin embargo, pasan totalmente desapercibidos dentro del panorama artístico. Pero claro, a efectos mercantiles prima más el componente mediático de lo espectacular y a nivel del público, llama más la atención las sodomías obispales de Andrés Serrano que las reflexiones lingüísticas de Kosuth. De ahí la visibilización del trabajo de los sempiternos polémicos Damien Hirst, Spencer Tunick -sí, sí, lo admito, a punto estuve de participar en una de sus performances-, Tracey Emin o J & D Chapman. El problema de esto reside en que esta visibilización espectacular y mercadotécnica, ha generado un proceso metonímico que ha fagocitado la totalidad del panorama artístico. El espectáculo por el arte, la parte por el todo. Este proceso se acentúa con motivo de las FERIAS de arte contemporáneo ­—ferias, repito, ferias— como La dokumenta de Kassel o ARCO celebrada en febrero. La presencia de éstas últimas, así como el proceso de fagocitación antes apuntado son las causantes de que cada febrero, sin otros eventos mejores—¿qué es ARCO en comparación con San Valentín?—, a articulistas como Javier Marías y Pérez Reverte les gotee el colmillo, glop glop — cito textualmente al último—, cada vez que tienen que hablar sobre arte contemporáneo. Pérez Reverte, por ejemplo, en «La soledad del huevo frito» apuntaba lo siguiente:


Nunca, como en el tiempo en que vivimos, fue tan difusa la frontera entre el arte y la gilipollez, alentada esta última por los caraduras y los cantamañanas que viven del cuento o se tiran el pegote
consagrando esto o negando aquello, engañando niños de colegio y timando a los memos, en una especie de onanismo virtual que nada tiene que ver con la realidad ni con el gusto de nadie, y ni siquiera con el arte en el sentido más amplio y generoso de la palabra.
Marías, no se muestra tan radical como Reverte. En «la idiotez de no saber porqué» tilda las obras «contemporáneas» de agradables —adjetivo que me desagradada profundamente por motivos que no voy a explicar aquí—, bonitas e incluso confiere a algunas el beneficio de la duda: «Rara es la obra de este ya largo periodo que me invita a detenerme ante ella más de un minuto […] Me aburro mirándolas, porque apenas hay nada que desentrañar. A lo sumo son «bonitas», pero de la misma o parecida manera en que resulta bonito un mueble […] Si aún visito esas salas, es sobre todo por un autoimpuesto sentido del deber y por un afán de respeto hacia quienes han colgado allí esos cuadros o artefactos. « Algo habrán visto los responsables, para otorgarles tan distinguido lugar», pienso, y « que yo difícilmente lo vea no significa que ese algo no esté. Me voy a esforzar ». Miro y me suelo quedar como estaba. Debo añadir que eso no me causa complejo ni preocupación […]. He visto suficiente arte a lo largo de mi vida como para crearme ahora inseguridades.» Los artículos de ambos son un perfecto ejemplo de lo señalado anteriormente. Leo esto y automáticamente pienso en todos mis compañeros —y en mí el primero— llenando sus tesis con desentrañables nadas. El problema de estos articulistas es que avalan con sus artículos esa confusión entre arte y espectáculo antes señalada. Más que hablar, sentencian —sobre todo en el caso de Reverte— citando para ello únicamente a Marc Quinn o Spencer Tunick y proponiendo como paradigma de obra Home Sweet Home de Hirst. Con ello fomentan la opinión generalizada sin aportar nada, contribuyen a la perpetuación de lo que yo denomino greatest hits del arte contemporáneo —"esto lo hago yo", "todo vale", "los artistas son unos caraduras sin oficio pero beneficio…"— y, lo que es peor, fomentan el conservadurismo cultural. Después de esto cualquiera siente respeto hacia absolutamente nada de lo que se hace. Decía alguien que lo que más le gustaba de New York es que el público, lo comprendiese o no, siempre mostraban respeto hacia tu trabajo. Pero aquí la incomprensión y la ignorancia no pasan por la humildad, sino por la crítica y lo que es peor, el insulto. Pensemos dos veces antes de pronunciarnos, porque igual estamos desvalorando el invisible trabajo de muchos; bueno, quizás no tantos, pero sí alguno que, créanme, haberlos, hailos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Salamanca está llena de hombres-tesis. Cabeza de águila y cuerpo de calippo. Vaguedades entre la piedra.

Dr. Flasche dijo...

Honestamente, este tema me parece muy interesante, porque en ciencia pasa algo muy similar.

Creo, que todo tiene su raíz en el aumento descomunal de la cantidad de información, mientras mantenemos nuestra capacidad de leer, o a lo sumo, a veces, de leer en diagonal...

un abrazo

Raúl Ciriza dijo...

¡Qué descubrimiento de blog!

Estoy Marías en que no comprendo mucho del arte contemporáneo, pero intento achacarlo a mi falta de cultura. Normalmente, cuando me informo sobre lo que se está representando consigo encontrar referentes en la obra que me permiten desentrañarla. Otras veces no, es verdad, y entonces paso a considerarlas desde el aspecto decorativo.

Me apunto a seguirte, que veo que tienes muchísimas cosas que aportar.