Tengo clase. «Las meninas son amigas de pago», «Velázquez se casó con una mujer feísima y la utilizó como modelo de la virgen María. Tuvo una hija con ella; nuevo modelo (todo queda en casa): es el niño Jesús de La adoración de los reyes magos, el más queer de todos los tiempos».Estas cosas. Son las 3.50 de la tarde. Recorro el trayecto que separa el Deustche Bank del arco escarzano que da acceso a la entrada noroeste de la plaza Mayor de Salamanca. Durante estos 135 pasos duermo la siesta: descanso activo, que dirían los deportistas. Lo que diría yo, prefiero no decirlo. Clak, clak, clak (llevo sandalias). Cada tres pasos, el indigente de todos los días, en silla de ruedas, dice la misma palabra. He recorrido sesenta pasos, lo he escuchado veinte veces. Sigo el camino, llego al final. He oído cuarenta y cinco veces la palabra «¡Culpable!». Pienso en Víctor Balcells, aunque quiera ser Raymond Carver (y no lo consiga).Tania Bruguera, El peso de la culpa (the burden of guilt), 1977-78
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