«El arte contemporáneo desarrolla cumplidamente
un proyecto político cuando se esfuerza en asumir una función relacional y la problematiza»
Nicolas Borriaud
La modernidad, tal como señala Borriaud: «nacida de la filosofía de la Ilustración, se basó en la voluntad de emancipación de los individuos y los pueblos: el progreso de las técnica y las libertades […] debían liberar a la Humanidad y permitir la instauración de una sociedad mejor». Este proyecto inicial cargado de ideales, sin embargo, fracasó: «
En vez de contribuir a la esperada emancipación, el progreso de las técnicas y la Razón permitió, a través de una racionalización general del proceso de producción, la explotación sur del planeta, la sustitución ciega del trabajo humano por el de las máquinas, así como la instauración de técnicas de control más y más sofisticadas.
Las corrientes vanguardistas que surgen a principios del Siglo XX (Internacional Situacionista, Dadaísmo, Surrealismo…) nacen con la clara finalidad de solventar los errores en que la modernidad política terminó cayendo. Al fin y al cabo es necesario buscar nuevos caminos para restaurar el proyecto inicial de la modernidad, no recrearse nihilistamente en su ruina. A este respecto señala Borriaud: « ¿Puede denigrarse la voluntad de mejorar las condiciones de vida y trabajo con el pretexto de los fracasos de las tentativas concretas de su realización, lastradas por ideologías totalitarias o visiones ingenuas de la Historia». En este sentido las experiencias vanguardistas anteriores deben considerarse continuadoras del proyecto moderno antes que antagónicas al mismo. En esta misma estela modernista Borriaud sitúa a las prácticas artísticas de la contemporaneidad. En este punto Borriaud introduce una matización fundamental: «Los artistas que inscriben su práctica en la estela de la modernidad histórica no tienen la ambición de repetir sus formas ni sus postulados, aún menos pretenden asignar al arte sus mismas funciones». ¿Cuál es, pues, el objetivo de las prácticas contemporáneas? Centrarse en su presente antes que en proyectos futuros; insertarse en el mismo contexto cultural en que nacen para, desde allí, intervenirlo (con el componente de acción que el término implica). Dicho en términos de Borriaud:
Aprender a habitar mejor el mundo, en lugar de pretender construirlo en función de una idea preconcebida de la evolución histórica. En otros términos, las obras no se fijan ya el objetivo de formar realidades imaginarias o utópicas, sino que buscan construir modelos de existencia o modelos de acción en el interior de la realidad existente […] El artista toma el mundo en marcha: es un «inquilino de la cultura.
Como de manera implícita hemos señalado al introducir el término intervención, estas prácticas contemporáneas se caracterizan por una interacción con el medio que provoca tanto la condición temporal de las mismas, como su continua redefinición por el espectador o elemento receptivo. A este respecto:
La obra se presenta ahora más bien como una duración que debe ser vivida, como una apertura a la discusión ilimitada. […] Una obra de arte donde la intersubjetividad forma el sustrato y toma por tema central el estar-juntos, el encuentro entre espectador y obra, la elaboración colectiva de sentido.
La afinidad con el término intertextualidad propuesto dentro de la lingüística postestructuralista por Roland Barthes es, desde mi punto de vista, evidente. Sin embargo, Borriaud no se centra tanto en las posibilidades semánticas de dicho encuentro, como en su capacidad para generar nuevas formas de relacionarse. En este punto, el autor toma el término intersticio propuesto por Karl Marx y lo aplica a estas obras de arte de la contemporaneidad:
El intersticio es un espacio de relaciones humanas que, insertándose más o menos armoniosa o abiertamente en el sistema global, sugiere que otras posibilidades de intercambio, diferentes a las hegemónicas en dicho sistema.
El apartado donde se desarrolla esta idea Borriaud concluye con la siguiente y fundamental sentencia: «El arte es un estado de encuentro.» Este estado de encuentro, este despliegue dialéctico obra-espectador es precisamente lo que determina la forma de las prácticas artísticas vinculadas a la estética de lo relacional:
La estética relacional no constituye una teoría del arte, no implica un enunciado de origen y una finalidad, sino una teoría de la forma. […] La forma no se reduce a la de las cosas que estos artistas producen: no es el simple efecto secundario de una composición, como podría entenderse de una estética formalista, sino el principio activo de una trayectoria que se despliega a través de signos, objetos, formas y gestos. La forma de la obra contemporánea se extiende más allá de su forma material: es un elemento que establece conexiones, un principio de aglutinación dinámica.[…] No hay más que forma en el encuentro.
BORRIAUD, Nicolas, «Estética relacional», en: CLARAMONTE, J., BLANCO, P. y CARRILLO, J. (Eds.), Modos de hacer. Arte crítico, esfera pública y acción directa, Salamanca, ediciones de la Universidad de Salamanca, 2001.
1 comentario:
Estoy trabajando ahora con este contexto, y tal vez puedas ayudarme a conseguir el texto en pdf, no puedo encontralo,
Un abrazo,
luis
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